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Emoción y Neurociencias: el futuro es hoy

Lo supimos siempre. Pero como animales racionales que somos, necesitamos la comprobación “científica”, el aval del dios de la modernidad que vive en los laboratorios para admitirlo a los cuatro vientos.

Hoy, mentes de primer orden en el mundo de la arquitectura, el diseño de interiores y la decoración encuentran en la ciencia las pruebas irrefutables acerca de “todo lo que siempre estuvo bien”. Se cuenta con un arsenal tecnológico sin precedentes, que permite respaldar cada una de las decisiones que se toman en la creación de espacios.

La neuroarquitectura es una disciplina que se interesa por la manera en que el entorno modifica la química cerebral, y por extensión las emociones, los pensamientos y las conductas. Su función es crear espacios para el bienestar, la productividad, la calidad de vida y, claro, la felicidad. A partir de las neurociencias, se puede mapear el cerebro y entender qué es aquello que lo estimula y lo activa. Una manera de comprobar, desde lo racional, qué es lo que nos emociona y por qué.

Así, la (relativamente) joven neuroarquitectura surge combinando los últimos descubrimientos en materia de actividad cerebral y las tecnologías de información para crear espacios que favorezcan una respuesta emocional positiva.

Ya no es una percepción subjetiva que los espacios visualmente abiertos a la luz natural producen mayor activación de las ondas alfa del cerebro, relacionadas con las situaciones de relajación, lucidez y ausencia de pensamientos complejos.

 

Tampoco lo es la sobreestimulación en entornos recargados como productora de un aumento de la frecuencia cardíaca y por extensión, de ansiedad. El contacto con la naturaleza, relacionado con una reducción de la falta de atención, y las zonas de intercambio social como incrementadoras de la dopamina –neurotransmisor que regula el sueño, entre otros beneficios– nos recuerdan también que la experiencia arquitectónica es mucho más que una “vivencia  visual”.

Según Juan Luis Higuera Trujillo, arquitecto e investigador de neuroarquitectura del Instituto i3B de la Universitat Politécnica de Valencia, esta dupla neurociencia – arquitectura surge a partir de herramientas neurofisiológicas como el electroencefalograma, la resonancia magnética funcional, la respuesta galvánica de la piel y el electromiograma facial, entre otras, que permiten un relevamiento completo de las respuestas de nuestro cerebro. Un experto en neurociencia aplicada a la arquitectura, Antonio Ruiz, nos confirma que “esta disciplina permite a los arquitectos ser más conscientes de la implicación que sus proyectos tienen en el bienestar humano, conociendo cómo funcionan los procesos mentales y permitiendo combinar razón y emoción en la creatividad”. Una vez más, volvemos a la emoción como fuente inspiradora, punto emisor y también receptor en todo lo que nos rodea en nuestro día a día hogareño.

  • Es interesante recordar que la palabra emoción viene de latín emotio, que deriva del verbo emovere. Este verbo está formado por movere (mover, trasladar, impresionar) con el prefijo “e” que significa retirar, desalojar de un sitio. Es por eso que una emoción es algo que nos saca de nuestro estado habitual. Nos “sacude”.

Sabemos que son varias las decisiones arquitectónicas que influyen en nuestro estado mental. Por ejemplo, los techos altos son ideales para desarrollar actividades artísticas y creativas; en cambio, los bajos favorecen el trabajo rutinario y la concentración. Los ángulos marcados o en punta inciden en la aparición del stress. Los espacios rectangulares generan menor sensación de espacio cerrado que los diseños de planta cuadrados. Estos son solo indicios de todo un pequeño universo de “causas y efectos”, donde la mirada sobre el entorno redefine nuestro experiencia cotidiana.

Sumar a lo emocional un propósito nos lleva a una concepción de la decoración que tiene a la conciencia como pilar fundamental. Una “Decoración Consciente”, como comparto en mi Manifiesto

Hoy, la palabra racional de la ciencia nos permite confirmar que todo aquello que sentimos, es mucho más que una experiencia fugaz, sino que tiene sus raíces en lo más profundo de nuestra identidad.

Fuente: AyD, nov 2019

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